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El padrino del éxtasis y creador de otras 200
drogas psicodélicas, Alexander Shulgin, muere a los 88 años dejando un
legado científico en forma de potenciales tratamientos contra la
ansiedad en enfermos de cáncer o con trastorno de estrés postraumático
Sasha' y Ann Shulgin durante una firma de libros en Oakland (EEUU) en 2011 / JonRHanna
“Todos tenemos que morir de algo”, decía habitualmente el químico y farmacólogo estadounidense Alexander Shulgin, Sasha
para los amigos. A lo largo de su vida, según sus propias cuentas,
sintetizó más de 200 nuevas drogas psicodélicas, que experimentó consigo
mismo para pegarse unos 4.000 viajes interiores llenos de amor,
felicidad y placer artificiales. Apenas tuvo un puñado de malas
experiencias y, finalmente, murió el 2 de junio a la edad de 88 años,
por un cáncer de hígado.
Para muchos, Shulgin merece pasar a la historia de la ciencia.
Falleció en su casa laboratorio, situada en una colina cercana a la
Bahía de San Francisco y rodeada de cactus alucinógenos. Allí, durante
casi medio siglo, sintetizó dos centenares de nuevas drogas de diseño
para estimular la mente, las sensaciones amorosas y el sexo. Su legado
científico permanece en dos obras monumentales, escritas a medias con su
mujer, Ann:
Feniletilaminas que he probado y amado: una historia de amor química y
Triptaminas que he probado y amado: la continuación.
En ambos libros, de un millar de páginas cada uno, los Shulgin narran
su peculiar amor químico con un tono metafísico y, además, dan
instrucciones para producir las diferentes drogas. Son libros de
recetas. “Es ciencia de la buena”, en palabras de Bradley Lenz,
historiador de la farmacología de la Universidad de Wisconsin (EEUU).
Sin embargo, Shulgin no ha pasado a la historia por ninguna de las
sustancias creadas en su laboratorio, sino por redescubrir un fármaco
originalmente sintetizado como potencial coagulante de la sangre y
patentado en 1912 por la farmacéutica Merck: la
3,4-metilenodioximetanfetamina, hoy conocida en las discotecas de todo
el mundo como MDMA o éxtasis.
Libertad para investigar
El MDMA nunca se llegó a utilizar como coagulante. Su patente se
perdió en el olvido hasta que en 1976 Shulgin puso sus ojos en la
molécula. Por entonces, el químico se dedicaba prácticamente a tiempo
completo a buscar drogas de diseño. En 1961, la multinacional para la
que trabajaba, Dow Chemical, le había premiado por desarrollar el primer
pesticida biodegradable, el Zectran, que fue una máquina de ganar
dinero. Su recompensa fue la libertad para investigar lo que quisiera.
Así empezó a intentar fabricar llaves que abrieran las puertas de la
mente, publicando sus resultados incluso en revistas científicas de
primer nivel, como
Nature.
Sin embargo, a mediados de la década de 1960, la prensa se llenó de
noticias sobre el abuso de drogas en las calles. Y Dow Chemical empezó a
temer que trascendieran las investigaciones de Shulgin en sus
laboratorios, así que el químico fue empujado a abandonar la compañía.
Pero continuó buscando drogas del amor en su casa de San Francisco,
ganándose la vida como asesor y profesor en las universidades locales.
Así, en 1976, leyendo un trabajo de una estudiante de química medicinal
de la Universidad Estatal de San Francisco, observó el potencial del
MDMA. Hoy, la sustancia es consumida por entre 10 y 28 millones de
personas cada año,
según el último Informe Mundial sobre Drogas de Naciones Unidas.
Los efectos del MDMA los resumía la farmacóloga
María Isabel Colado, de la Universidad Complutense de Madrid, en
un artículo de 2008.
“Aumenta la empatía, produce apertura emocional, reduce los
pensamientos negativos, disminuye las inhibiciones, incrementa la
actividad psicomotora, produce logorrea [un aumento de la locuacidad],
facilita la comunicación, produce insomnio y aumenta el estado de
alerta”. Además, los sonidos y los colores aparecen más intensos. Y todo
este festival de sensaciones se mantiene durante unas cuatro horas.
Sin financiación para investigar
Muchos investigadores de todo el mundo creen que las virtudes del
MDMA podrían tener un potencial terapéutico. Algunos de estos
científicos se agrupan en torno a la
Asociación Multidisciplinaria de Estudios Psicodélicos,
una organización sin ánimo de lucro que financia investigaciones
científicas sobre los posibles usos médicos de las drogas psicodélicas y
la marihuana. Creen, como postuló el psiquiatra Stanislav Grof, que el
MDMA y el LSD “podrían significar para la psiquiatría y la psicología lo
mismo que el microscopio para la biología o el telescopio para la
astronomía”.
«El
MDMA podría significar para la psiquiatría y la psicología lo mismo que
el microscopio para la biología o el telescopio para la astronomía»
Stanislav Grof
Psiquiatra
La asociación, conocida como MAPS por sus siglas en inglés, presentó el año pasado los resultados de
un estudio
sobre el uso del MDMA para paliar los síntomas del trastorno por estrés
postraumático, el trastorno que sufren muchos veteranos de guerra,
supervivientes de grandes catástrofes naturales o testigos de la muerte
violenta de algún familiar. El estudio, elaborado con 16 afectados para
los que no funcionaban los tratamientos habituales, mostró “beneficios
significativos en el alivio de los síntomas” tras más de un año y medio
de tratamiento con éxtasis. En 2005, la organización también financió
un estudio
para investigar los efectos del MDMA contra la ansiedad en enfermos
terminales de cáncer en un hospital de la Escuela Médica de Harvard.
En su web, MAPS advierte de que estos trabajos
corren peligro.
“Actualmente, no hay financiación disponible para estas investigaciones
por parte de gobiernos, compañías farmacéuticas o grandes fundaciones.
Esto significa que el futuro de la investigación con marihuana y drogas
psicodélicas está en manos de donantes individuales”, alertan.
Problemas en ratas y monos
Sin embargo, no todo es amor y posibles beneficios para la salud en
el mundo del MDMA. “El consumo humano de este compuesto es preocupante
debido a que estudios procedentes de diversos laboratorios han
demostrado que el MDMA es tóxico para el sistema nervioso central de
diversas especies animales”, explica Colado en su artículo, publicado en
la revista
Trastornos Adictivos. La farmacóloga recuerda que
se ha detectado, en cerebros de ratas y monos, una degeneración de las
neuronas que producen serotonina, una sustancia química implicada en la
regulación del deseo sexual, la ansiedad, la agresividad y la depresión.
Para Colado, este daño neuronal podría contribuir a la pérdida de
memoria observada en los consumidores habituales de MDMA, así como a la
disminución de su capacidad de aprendizaje y concentración.
Algunos estudios apuntan a daños neuronales en personas consumidoras de MDMA
Sin embargo, la propia Colado admitía en su artículo que se desconoce
si estos efectos neurotóxicos observados en animales de laboratorio
también aparecen en personas consumidoras de MDMA. Ya que está prohibido
drogar a jóvenes y utilizarlos como cobayas humanas, los estudios
existentes son necesariamente elaborados a partir de datos del pasado,
por lo que los investigadores desconocen la pureza de la droga ingerida,
la dosis exacta consumida y la frecuencia de administración. Además,
muchos amantes del MDMA consumen al mismo tiempo otras drogas,
tergiversando sus efectos verdaderos.
Que la obra de Sasha Shulgin salte ahora de las discotecas a los
hospitales depende de la guerra científica que libran los creyentes en
los beneficios del MDMA y los temerosos de sus riesgos. El frente de
batalla se encuentra en los últimos meses en la revista especializada
Human Psychopharmacology, en la que el psicólogo
Andrew Parrot publicó en marzo
un artículo
titulado: “El MDMA es, sin duda, perjudicial, tras 25 años de
investigación empírica”. En su texto, Parrott, de la Universidad de
Swansea (Gales, Reino Unido), sostiene que la droga produce pérdida de
memoria, problemas de sueño, trastornos visuales e incluso problemas
psiquiátricos.
“Conoce lo que tomas”
Al otro lado de la trinchera están los investigadores agrupados en la
Asociación Multidisciplinaria de Estudios Psicodélicos, capitaneados
por su presidente, Rick Doblin. En
un artículo de réplica
en la misma revista, estos científicos acusaron a Parrott de “recitar
conceptos erróneos” acerca de la toxicidad en las neuronas del éxtasis
utilizado como droga recreativa, que poco tendría que ver con el uso de
MDMA puro en un entorno terapéutico.
El debate recuerda un poco a las palabras del propio Sasha Shulgin en su libro
Feniletilaminas que he probado y amado.
“Utilízalas con cuidado y con respeto a las transformaciones que pueden
lograr y tendrás una extraordinaria herramienta de investigación. Vete a
darlo todo un sábado noche con una droga psicodélica y puedes acabar en
muy mal lugar, psicológicamente hablando. Conoce lo que tomas, decide
por qué lo tomas y podrás vivir una experiencia enriquecedora. No son
adictivas, y tampoco sirven para escapar, pero son herramientas
extraordinariamente valiosas para la comprensión de la mente humana y
cómo funciona”.
Fe de errores (5 de junio, 13:00): En
una primera versión de este artículo, se afirmaba que el MDMA fue
sintetizado originalmente como fármaco contra el apetito, como indica un
estudio sobre el éxtasis publicado en la revista Trastornos Adictivos.
Sin embargo, como indica el lector Alejo Alberdi en los comentarios, el
MDMA fue creado dentro de un programa para buscar un coagulante de la
sangre, como expone un artículo sobre el origen del éxtasis publicado en la revista Nature:
“Documents from around the time reveal that, in fact, MDMA emerged
during the company’s efforts to develop a new compound to promote blood
clotting”.
REFERENCIA
'Éxtasis
(MDMA) y drogas de diseño: estructura, farmacología, mecanismos de
acción y efectos en el ser humano' DOI: 10.1016/S1575-0973(08)76364-5