miércoles, 19 de octubre de 2016

The Arena - Lindsey Stirling


"El silencio" ....





No olvides recordar







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Paloma Díaz-Mas publica un libro de gran intensidad sobre el alzhéimer y la memoria colectiva.



No olvides recordar 

Paloma Díaz-Mas (Madrid, 1954) es autora de Anagrama desde hace décadas. La mayoría de sus libros han sido editados bajo ese sello. Fue finalista del Premio Herralde en 1983 con El rapto del grial, consiguiéndolo casi 10 años después conEl sueño de Venecia. Otros libros suyos fueron La tierra fértil (Premio Euskadi y finalista del Premio de la Crítica en 2000), así como los de relatos autobiográficosUna ciudad llamada Eugenio (1992), Como un libro cerrado (2005) y Lo que aprendemos de los gatos (2014).
Edita estos días Lo que olvidamos, un firme al tiempo que delicado artefacto literario que el talento de Paloma Díaz-Mas construye alrededor de una experiencia terrible y emocional: la enfermedad de Alzheimer de la madre de la protagonista. El tema de la recuperación del pasado, de la recreación, invención y reescritura de los recuerdos es un lugar común en su literatura. Ya estaba enComo un libro cerrado: lo literario como resorte del olvido, como catalizador de la invención y el recuerdo. Como un libro cerrado no dejaba de ser narraciones 
autobiográficas, pero es que también en cualquiera de sus novelas —El sueño de Venecia, por ejemplo— ambientadas en épocas pretéritas, la idea es la misma: la historia que se narra es la que se mueve entre la luz y la oscuridad, el azar sobre qué recordamos y olvidamos y cómo inventamos o reconstruimos la historia y las historias.
Desde la primera frase hasta la última, en Lo que olvidamos somos los ojos, la voz y el dolor de una hija ante el derrumbe interior de su madre. Un tono sobrio y contenido, ajustan su respiración a la lectura sabiendo que el relato ha de ser un documento fidedigno, riguroso sin que se nos cuele ni la ficción ni la trascendencia. Un realismo que duele, hecho a veces con una prosa de regusto lírico casi a su pesar, limpia y definitiva. Escalón a escalón bajamos a un infierno sin épica ni esperanza. Tan aterrador como tierno, compasivo, cálido, brutal. Las visitas al centro, el abismo entre la mujer que fue y el cuerpo que es ahora, la extrañeza primero y lo aterrador después, de lo cotidiano. Díaz-Mas no carga las tintas pero tampoco nos ahorra nada. Esta primera parte de esta novela es un testimonio casi documental. El tictac del reloj. Cuando llega la novelista, el libro crece. Lo hace tanto con una segunda historia como con el laberinto personal de la autora. Aquélla sobre otro enfermo que ha sido político de la Transición y que la narradora descubre casi al azar. Este hombre, Pedro, tampoco sabe quién fue, su mente se deshizo. Pero es la excusa para hablar de qué ha hecho este país con su memoria, con las personas que hicieron de nosotros lo que somos y que nadie explica ni recuerda ni tan siquiera inventa o malinterpreta. Sin embargo, Díaz-Mas decide no darle mucho más recorrido, quizás para evitar que la novela se le coma algo que parece un testimonio autobiográfico.
La novelista también aparece para jugar con la idea de lo esencial y al mismo tiempo contingente de un regalo de amor, una amiga de infancia o una anécdota. Esencial para explicarnos, para narrarnos, para perdurar como relato en boca de otros, pero para nada más. No necesitamos los objetos, las casas en las que vivimos, ni tan siquiera las personas mientras contemos con el músculo del recuerdo y el olvido.
Lo que olvidamos es un libro breve pero de una intensidad tremenda. Escrito sin concesiones, emotivo en la ternura y en la caricia dada sin trascendencia. Guiada por una necesidad primero de no literaturizar la realidad, anatemizar la invención, para después, trascender sin traicionar ese propósito con la ficción. La autora, en casi todo momento, sabe llevar a buen puerto el libro. Es novedosa la muerte de alguien que nos deja años y años un cuerpo desagradecido, ausente, incluso capaz de mezquindades e injusticias. Y más para una hija, para una escritora. Díaz-Mas sabe gestionar casi siempre las distancias adecuadas. En las ocasiones que no lo consigue, es cuando a la narradora le gana el pavor de que muchas de las historias familiares, retazos de su infancia, de su madre, recuerdos, botones, postales, secretos sólo puedan perdurar si son escritas, si aparecen en el libro. Aquí, la literatura se abrasa a ratos de lo particular narrativamente innecesario. Sin embargo, el libro se resuelve espléndidamente. Es el triunfo de lo literario sobre lo meramente maquinal. La mirada del artista que da vida a la fachada de una casa derrumbada por dentro.
Lo que olvidamos. Paloma Díaz-Mas. Anagrama. Barcelona, 2016. 165 páginas. 
Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/13/babelia/1476359965_028768.html#?ref=rss&format=simple&link=guid




sábado, 10 de septiembre de 2016

El amor es una goma elástica




Mi madre, una señora dos veces viuda de casi setenta años, se enteró al mismo tiempo de dos novedades sobre su único hijo varón. Primero le dijeron que me había dado un infarto, que yo estaba grave en el extranjero y que mi vida pendía de un hilo; un rato después le confirmaron que durante la desgracia no me acompañaba mi esposa ni mi pequeña hija, sino una mujer desconocida a la que mi madre bautizó inmediatamente “la otra” y a quien le adjudicó la culpa de mi episodio cardíaco, de mi desbarranco sentimental y de mis futuras desgracias económicas.
Chichita, mi madre, es así. No le gustan mucho las medias tintas.
Una vez que supo que además de infartarme me había divorciado, sacó un pasaje a la ciudad del extranjero donde yo agonizaba. Su objetivo era llegar a tiempo para poder matarme con sus propias manos, antes de que lo hiciera el coágulo de grasa que me obstruía el corazón.
—Por favor, que alguien la detenga en el puerto —le decía yo a mi mejor amigo Chiri, por teléfono, mientras dos enfermeras me entubaban en el hospital.
En el barco que la llevaba a mi encuentro, Chichita lloraba y lloraba. Intentaba calmarse, pero no podía decidir qué situación la ponía más triste, si el infarto o la separación matrimonial. De hecho, evitó contarle a su propia madre Beatriz (de casi noventa años) lo que me había ocurrido.
Mi abuela había estado casada un millón de años con mi temible abuelo Marcos, y jamás se le había pasado por la cabeza el divorcio. Chichita le ocultó a su madre la desgracia del nieto para preservarla de las tristezas, pero si hubiera tenido que hacerlo (me dijo después) le habría informado sobre el episodio cardíaco y no sobre el cambio en mi estado civil. A mi madre lo segundo le parece más trágico.
A mí me cuesta pensarlo en esos términos, porque una de las dos noticias es una decisión meditada, abre puertas de esperanza en la habitación del futuro, y sobre todo libera a una pareja de su error.
La otra noticia sí es preocupante: se trata de la peligrosa lesión de unos tejidos en el pecho que provocan que la pobre víctima (es decir yo) ya no pueda disfrutar nunca más del queso semi curado y del resto de los placeres de la vida.
Para mí no hay punto de comparación entre un infarto y un divorcio. Pero, ¿esto que siente mi madre es puramente generacional? Sospechar que en una separación solamente puede caber la tristeza, o que es un dolor equiparable a una enfermedad mortal, ¿es algo que sienten las señoras de casi setenta años, dos veces viudas, católicas, sudamericanas y educadas en la perdurabilidad del amor, o es un prejuicio extendido?
Lo que hice unas semanas más tarde, cuando los médicos me permitieron volver a escribir, fue testear esta pregunta entre un grupo más variopinto.
Escribí un relato sobre los detalles de mi infarto en donde, de un modo lateral, sin explicar mucho y haciéndome el desentendido, dejaba entrever también que me había divorciado. Y un martes cualquiera publiqué el texto en mi blog, donde suelen ir a entretenerse lectores de edades y geografías diversas que conocen bastante bien mi vida privada.
Les quise contar a ellos el asunto del mismo modo que se enteró Chichita, es decir de sopetón, para espiar sus reacciones en los comentarios.
Lo que hice fue simple: envolví la noticia de la separación entre otras novedades de la trama, como si fuese un elemento sin importancia de la banda sonora:
“Si hubiera tenido que elegir el peor momento para morirme habría sido ese”, escribí. “No solamente estaba en un país que no era el mío; también me había separado de Cristina después de quince años y la única persona que sabía que yo estaba en Uruguay con Julieta era la propia Cristina; y para peor, el equipo de fútbol más bullicioso de Montevideo acababa de salir campeón y el tráfico a los hospitales era imposible.”
Después de ese párrafo seguí con la narración cardíaca hasta el final, haciéndome bastante el boludo sobre el otro asunto.
El resultado fue alucinante. A la mayoría de los lectores les importó poco o nada que yo haya estado al borde de la muerte. Minimizaron mi tragedia, les chupó un huevo que ya no pudiera fumar ni almorzar fritangas ni cosechar porro en mis macetas. El gran debate de los comentarios del blog fue la grandísima tragedia de la separación.
En el fragor de la charla grupal, muchos dieron por sentado que mi exmujer había sido abandonada, o por lo menos que estaba sufriendo, sintieron tristeza o decepción por la noticia del divorcio y casi ni les llamó la atención la trama principal, ni los detalles sobre el infarto de miocardio.
Una lectora mexicana grabó un video en Youtube diciendo que yo era un miserable.
Otro lector aportó una frase de Enrique Jardiel Poncela:
“El amor es como una goma elástica que dos seres mantienen tirantes, sujetándola con los dientes; un día, uno se cansa, suelta, y la goma le da al otro en las narices”.
Otro grupo muy divertido, que entiende bien la fusión entre vida y literatura, confesaba que iba a echar de menos a Cristina como personaje de mis historias, y que rechazaría con prejuicio cualquier aparición futura de Julieta, mi nueva pareja, a la que bautizaron con seudónimos horribles.
Se habían convertido todos en Chichita.
Ese relato, que tiene más de doscientos comentarios muy singulares en los que yo no participo ni respondo (por primera vez en los doce años de mi blog), apareció unos días después en un periódico muy popular de la Argentina y mi abuela Beatriz, la anciana que no debía enterarse de lo que me había pasado, se enteró.
Mi madre fue a visitarla la tarde siguiente y mi abuela estaba más silenciosa de lo habitual. Después del té, madre e hija se sentaron a ver la televisión. Mi abuela entonces preguntó sin vueltas:
—¿Así que Hernán tuvo un infarto?
Mi madre, sorprendida, le dijo que sí.
—Decile que se cuide, que no sea pavo.
Mi madre asintió otra vez y las dos volvieron a quedarse en silencio. Al rato mi abuela arremetió de nuevo:
—¿Y es verdad que se separó, como dice el diario? —preguntó con los ojos suspicaces.
Chichita suspiró profundo, previendo el melodrama, y le dijo que sí, que Cristina y yo ya no vivíamos juntos. Entonces mi abuela Beatriz bajó la vista:
—Ay, nena, qué suerte —dijo—, si yo hubiera podido hacerlo, en mis tiempos.
http://editorialorsai.com/blog/post/

Alejandro Sanz - A Que No Me Dejas




domingo, 21 de agosto de 2016

Jenga - 7 A M





https://www.youtube.com/watch?v=uDagBQfsLMI




Cuando Pienso en Ti - Desire Mandrile




https://www.youtube.com/watch?v=1wdOijZsu7A




" Toda la vida, pero no todo el tiempo " ...






Con el tiempo queremos más, pero a menos gente







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Deben buscarse los amigos como los buenos libros. No está la felicidad en que sean muchos ni muy curiosos; sino pocos, buenos y bien conocidos”, dijo Mateo Alemán, un novelista español. Y lo cierto es que no andaba desacertado ya que con el tiempo vamos aprendiendo a querer más, pero a menos personas.

Lo cierto es que las experiencias vitales que vamos viviendo hacen que nuestro círculo de amigos sea más selecto. No se trata de que nos desencantemos o de que nos convirtamos en antisociales sino de que vamos separando la paja del grano y finalmente comprendemos que no importa la cantidad sino la calidad de las relaciones que establecemos.

Los años nos ayudan a elegir mejor


A medida que maduramos también ocurre otro fenómeno: nuestras prioridades cambian y nos interesa más rodearnos de las personas que realmente cuentan, de gente que nos aporte y que mire en nuestra misma dirección. A medida que nos queda menos por vivir, comprendemos que nuestro tiempo es una posesión valiosa y es comprensible que solo queramos compartirlo con ciertas personas. Por eso, poco a poco, vamos decantando nuestro círculo de amistades.

De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Rochester desveló que a los 20 años priorizamos la cantidad de amigos sobre la calidad de estos, y así nos sentimos a gusto. Sin embargo, a medida que pasan los años comenzamos a priorizar la calidad sobre la cantidad. A partir de los 30 años, tener amigos verdaderos es lo que nos ayuda a mantenernos alejados de la depresión y la soledad, mejorando nuestro equilibrio emocional. 


La amistad duplica las alegrías y divide a la mitad las tristezas


A lo largo de la vida también va cambiando nuestro concepto de amistad. Durante la infancia prácticamente todos los compañeros de clase son nuestros amigos, pero al llegar a la adolescencia y la juventud vamos perfilando ese grupo de amigos, que es más cerrado pero sentimos una mayor pertenencia ya que compartimos los mismos intereses y valores. En ese momento de la vida estamos buscando nuestra identidad. 

Sin embargo, más tarde, alrededor de los 30 años, cuando ya hemos encontrado nuestro lugar en el mundo y sabemos lo que queremos, seleccionamos mejor a las personas que nos rodean, las elegimos en base a lo que nos aportan y cómo nos hacen sentir. En ese momento queremos a nuestro lado a personas que no solo dupliquen la alegría sino que también nos ayuden a aliviar las penas. Queremos a amigos que nos comprendan y nos hagan sentir que somos importantes para ellos. 

Con el tiempo aprendemos a valorar la amistad y nos convertimos en mejores amigos


Con el tiempo no solo elegimos mejor a nuestros amigos sino que también nos damos cuenta de su importancia. Las experiencias que hemos vivido nos han demostrado la importancia de tener un hombro sobre el cual llorar, a una persona que nos motive cuando nadie más lo hace o simplemente a alguien que esté a nuestro lado.

Por eso, compensamos los “amigos” que vamos perdiendo con la madurez con relaciones mas profundas y comprometidas. Queremos a menos personas, pero queremos más, nos comprometemos más. Con esos amigos del alma creamos un vínculo más profundo que no solo resiste el paso del tiempo sino también los desencuentros y las diferencias de opinión. Podemos enfadarnos, pero sabemos que estará a nuestro lado si le necesitamos. 

Sin duda, en el mundo de las redes sociales, donde muchos están obsesionados con el número de amigos e incluso presume de ello, este es un mensaje sobre el que debemos reflexionar.


Fuente:

Carmichael, Cheryl L.; Reis, Harry T. & Duberstein, Paul R. (2015) In your 20s it’s quantity, in your 30s it’s quality: The prognostic value of social activity across 30 years of adulthood. Psychology and Aging; 30(1): 95-105.


Rincón de la Psicología 

" Bengala al cielo "


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BY : Jake Olson Studios

" Simplemente... "


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By :  Marat Safin

Dracula lived in Brittany actually


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Château de la Bretesche by night ; By : Loïc Lagarde

sábado, 20 de agosto de 2016

Si no puedes cambiar la situación, cambia tu mente





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 Hay situaciones que podemos cambiar, hay otras que no. Y mientras antes lo asumamos, antes dejaremos de sufrir por ellas. Cuando una persona no quiere permanecer a nuestro lado, poco podemos hacer para retenerla. Si perdimos una oportunidad de trabajo, de nada vale lamentarse. Por muy proactivos, entusiastas y positivos que seamos, hay situaciones que no podemos cambiar. En esos casos solo nos resta cambiar nuestra mente.

Los peligros de la no aceptación


Hay situaciones que, si no podemos cambiar, debemos aceptar. Cuando no las aceptamos se convierten en un asunto pendiente, en un obstáculo que nos drena la energía. Sin embargo, el auténtico milagro ocurre al aceptarlas ya que en ese proceso de supuesta rendición, crecemos y logramos pasar página.

¿Qué sucede cuando no aceptamos una situación que no podemos cambiar?

1. Nos mantiene estancados. Si tenemos delante un muro y nos ofuscamos intentando echarlo abajo pero no lo logramos, nos frustraremos y nos quedaremos lamentándonos. De esta forma, terminaremos estancados en nuestro camino. Al contrario, si intentamos probar otras soluciones, podremos seguir avanzando, no a pesar del muro, sino precisamente gracias a este.

2. Nos hace infelices. Cuando no logramos cambiar la situación o los demás no cumplen con nuestras expectativas, la frustración puede crecer hasta alcanzar niveles insospechados. Al atarnos a ese problema nos impedimos ser felices, es como si fuera una enorme piedra que nos obligamos a arrastrar, aunque en realidad nos gustaría soltarla, pero no sabemos cómo hacerlo.

3. Nos impide ver las oportunidades. Un problema o una situación negativa, sobre todo cuando se mantienen a lo largo del tiempo, suelen generar frustración. Y en ese estado no solo somos incapaces de pasar página sino que ni siquiera nos damos cuenta de las soluciones y oportunidades que pasan por nuestro lado. No aceptar un hecho es cerrarse a las oportunidades, eligiendo permanecer en el pasado.

No es la situación, es cómo reaccionas


A menudo confundimos la realidad con nuestras reacciones. Sin embargo, es importante tener presente que no es la situación en sí la que genera frustración, sufrimiento o ansiedad, estas son tan solo nuestras respuestas ante hechos que no podemos, o no queremos, gestionar. Se trata de una diferencia sustancial ya que de esta forma podrás separar el acontecimiento de tu reacción ante este. Y darte cuenta de que estás reaccionando ante un significado, no ante un hecho. 

De hecho, en muchas ocasiones somos nosotros mismos quienes añadimos más leña al fuego, imaginando los peores escenarios posibles o dejando que las emociones negativas nos sobrepasen y tomen el mando. De esta forma solo conseguimos empeorar la situación, cuando el objetivo es lograr sentirnos mejor. En práctica, terminamos perdiendo la perspectiva de que lo bueno y lo malo, lo negativo y lo positivo se basa esencialmente en nuestros puntos de vista, en la forma en que elegimos reaccionar ante ciertas situaciones.

Muchas de las situaciones que a primera vista podemos considerar como negativas o malas, pueden ser positivas, o al menos adquirir un carácter neutro si sabemos darles la vuelta y sacarles partido.

Por supuesto, no se trata de relativizar todo o de sufrir en silencio. Cuando una situación no nos gusta o se convierte en un obstáculo para lograr nuestros objetivos, debemos intentar cambiarla, pero si no podemos, chocar continuamente contra un muro no servirá más que para hacernos daño. Si no podemos derrumbar esa pared, es mejor que aprendamos a sacarle provecho.

Para lograrlo, es importante tener claro que todo depende de la interpretación, la cual está determinada por nuestras experiencias, expectativas y las emociones que nos están embargando. Sin embargo, lo que estamos viendo no es la única realidad, sino tan solo una faceta de esta. Nuestra reacción ante la situación será la versión final. Por tanto, enfócate en buscar soluciones, no en quejarte. 

Recuerda que la vida no es como quieres que sea, muchas veces es caprichosa e inesperada. Seguirá poniendo problemas a tu paso, así como nuevas oportunidades. Tú eliges si quieres ser una víctima o si prefieres tomar las riendas y aprender a cada paso.

Después de todo, recuerda que nada es para siempre. Si algo te disgusta, intenta cambiarlo, si no puedes, no te tortures y cambia tu actitud. Aprende a abrazar la vida, con todo lo que ello conlleva.
Fuente: Rincón de la Psicología

jueves, 7 de julio de 2016

No te pierdas el impresionante espectáculo de estas 23 jóvenes con un abanico







Si pensabais que lo habíais visto todo sobre un escenario en cuanto a tipos de baile se refiere, es porque aún no habéis tenido la suerte de contemplar a las 23 bailarinas de laMorningStar Dance Academy de Atlanta, EE.UU.Concretamente, me gustaría hacer especial hincapié en su actuación durante la gala Youth America Grand Prix's (YAGP) de 2014, en la que brillaron gracias a su sorprendente destreza con el abanico, hermosamente intercalado con pasos de ballet.La fantástica coordinación de sus miembros, así como loselegantes movimientos, dan lugar a un espectáculo visual sin precedentes que, sin duda, las convirtieron en merecedoras del primer puesto a nivel regional.No te pierdas esta emblemática actuación que actualmente acuña casi un millón de visitas.Si te gusta el baile, quizá te interese la actuación de esta joven, a la que la mismísima Shakira no tiene nada que envidiarle.



Vía: morningstardance

NO VIDEO

Fuente: http://lavozdelmuro.net/